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Super Furry Animals

Uno siempre se pregunta por qué cuando se apagan las luces, automáticamente, la gente deja de hablar y mira al escenario. Debe de tratarse de un acto reflejo, uno de esos estímulos de acción-reacción que se producen inconscientemente. El viernes 10 de febrero, a eso de las once menos cuarto, en el recinto Greenspace se apagaron las luces y se hizo el silencio mientras la gente miraba al escenario expectante. Los Super Furry Animals estaban llegando. Y lo hacían gracias a una pantalla gigante en la que, disfrazados de patrulla radiactiva, dramatizaban una entrada en escena en la que conducían un carrito de golf a través de una imaginaria zona de camerinos. A este montaje le habían incorporado la música de Rocky y El Equipo A, por lo que si tienes veintitantos y recuerdas fragmentos de tu infancia memorizando estas melodías frente a un televisor, un aterrizaje así sólo podía ser un buen presagio.



Durante hora y media de feliz fluidez musical -con apenas cinco minutos de descanso-, Super Furry Animals fueron capaces de posicionarse como uno de esos grupos elegidos a los que el tiempo convertirá en referencia. Tras trece años de carrera y álbumes muy dispares y eclécticos en cuanto a estilo, en el concierto de ayer se centraron en la presentación de su último trabajo, Love Kraft, comenzando por una línea sonora más calmada (Zoom, Atomic Lust) y acelerando progresivamente. A pesar de la variedad -desde los guiños casi satánicos de Receptacle For The Respectable o el toque country de The Horn-, del continuo intercambio de instrumentos (guitarras) y de la incorporación de arreglos en vivo, el sonido en el recinto no varió lo más mínimo, resultando excelente.



No faltaron tampoco algunos de los temas más conocidos del grupo como Rings Around The World, la guitarrera Golden Retriever o el coreado single Juxtapose With U, así como otras canciones de agitación: Calimero cantada por el vocalista Gruff Rhys con la cabeza embutida en un casco rojo de Power Ranger o The Man Don´t Give a Fuck cerrando el concierto mientras la pantalla proyectaba imágenes de George W. Bush e incluso una intraducible reivindicación en euskera. SFA son una gran muestra de carisma, protagonismo coral y compromiso musical con las circunstancias que les rodean, una conjunción que se agradece y que escasea en el panorama actual.



Ver un concierto de estos galeses es un auténtico lujo en los tiempos que corren. Se les achaca cierta frialdad cara al público y es cierto, no realizan excesivas concesiones. Pero también es cierto que su profesionalidad está fuera de toda duda y así son capaces de fabricar espectáculos absolutamente redondos como el ofrecido en Valencia. Al final desaparecieron del escenario sin hacer ruido, sin apenas despedirse. En ese momento la gente se quedó de nuevo mirando a la pantalla gigante y allí aparecieron, conduciendo su carrito de golf y metiéndose en el remolque de un camión. Y entonces volvemos al principio. Al acto reflejo. Al sonido del cierre del portón del camión como acción para una reacción instantánea e inconsciente, la ovación final.

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